Prosas de Patricia. Raid Sur 2025
Salto Del Laja Los manantiales que brotan de la majestuosa montaña para hacer su recorrido por los sinuosos caminos diseñados para este viaje y fundirse en un abrazo milenario con el mar eterno; Un viaje cantarín de un monótono y ruidoso recorrido. Los árboles a quienes le han cedido su espacio, árboles inmensos de todos los verdes más intensos, árboles que silenciosos observan, que sin que se mueva una hoja, como se lava la piedra que en el fondo del rio los sostienen. En el corazón árboles que donde la tierra se quiebra como un grito de libertad, el río Laja se alza, indomable, se empina primero en la garganta del río, con la certeza de que nacerá otra vez y ahí se infla de furia rabiosa, y luego se lanza al vacío. Allá abajo, el río se serena, se viste de verde esmeralda y, sigue con su canto más calmo mientras el viento recoge el perfume de la selva húmeda. Cuatro cascadas, cuatro espadas de agua pura que se precipitan desde lo alto, donde el sol se deshace y una nube blanca de niebla se eleva y abrazan el torrente con los brazos de la lava endurecida. Allá abajo, el río se calma, mientras el viento perfuma la tierra húmeda. Salto del Laja, herida abierta en la piel de Chile, donde la tierra y el agua se hacen música, allí el agua no cae por gravedad, cae por orgullo. La fragilidad de quienes la observamos ante la inmensidad y la perfección, quedamos enmudecidos. El estruendo es la voz antigua del sur de Chile Es un verde tan intenso que duele mirarlo cuando la primavera estalla, y tan dorado que quema los ojos en el verano cuando el sol cuelga inmóvil.
Raid Patagónico Club de Volvos Antiguos Ruta 40. El Sol como una tenue línea por sobre los bordes más altos de las montañas que lo rodean de la cordillera de Los Andes, translúcida y por debajo de ella coronando su silueta en el cielo, su imponente majestuosidad, son como cuadros pintados a mano con las más caprichosas formas inimaginables, reflejando montañas coronadas de nieve, guardianes eternos, cantando himnos a la tierra virgen y el bosque exhalando vida; cipreses, aves en danza hacia la libertad. Aquí el alma se pierde en la inmensidad patagónica. Abrazo de la naturaleza indómita. Tomamos la ruta 40 desde Neuquén con Destino a San Martin de Los Andes. “La Pampa argentina”, esta se despliega como un océano de tierra dormida bajo un cielo que no conoce de límites, es un silencio de hierva y viento, es una marea verde que ondula sin mar en la lejanía, no hay nada que la delimite o la contenga en un espacio visible. Pampa que es un latido verde, y de una ausencia como una forma de mirar el vacío. La Ruta Nacional 40, esa espina dorsal de casi 5.300 km. que cruza la Argentina de sur a norte. No solo por su belleza brutal, sino porque la soledad, el viento y el vacío hacen que la gente vea, oiga y cuente historias mitológicas. La cordillera nos había lanzado a este desierto, sin nombre, solo la Pampa Argentina. Recorrimos quinientos kilómetros de noche por la pampa, tierra infinita, sin principio ni fin y la soledad no era ausencia, era un abrazo tan vasto que me apretaba el pecho. La ruta como un río negro, en cada momento arriesgábamos quedar atrapados en sus hoyos y baches de su carpeta asfáltica, o vaciarse el estanque de bencina. No había otro vehículo, ni un alma, ni un perro perdido; solo el motor del auto susurrando su canto monótono y el viento silbando su eterna canción milenaria. La inmensidad no cabía en los ojos, entraba por la piel, y allí se quedaba, era como navegar en un océano sin orillas donde la única brújula era el latido propio retumbando en los oídos, y en ese silencio que pesaba toneladas, sentíamos que la pampa nos hablaba bajito. “No están solos”, “están acompañados por todo lo que no se ve”. Quinientos kilómetros de noche fueron quinientos kilómetros de revelación: la soledad más honda. Ni un zumbido de motor ajeno que rompiera la losa del silencio. El velocímetro marcaba 100, pero el tiempo se había detenido. Los faroles abrían túneles de luz que se tragaba la pampa al instante, como si la ruta misma dudara de su propia existencia. Cada kilómetro era una pregunta sin respuesta. El parabrisas, un espejo negro donde se refleja nuestra propia incredulidad. En estas horas se nos estancaron los sentidos, un error confuso y lúcido y todo se parecía a otra cosa. El cielo estaba nublado de dudas y las luces lejanas eran solo espejismos de ranchos abandonados que bailaban para burlarse de nuestra fe. Desciende todo el misterio del mundo hasta nuestros ojos. Somos solo dos puntos en un mar de hierva infinita, ¿llegaríamos?, la pregunta colgaba en el aire y el miedo se volvía físico: Un nudo en la garganta, una urgencia por gritar al vacío ¿hay alguien ahí?, sabiendo que la Pampa no responde, solo observa impasible, como nos deshacemos en su inmensidad. Pero en ese abismo de incertidumbre, algo nacía. De pronto, un cartel oxidado: “San Martín 65 km”. Sesenta y cinco km. eran eternos cuando la niebla se colaba y el viento silbaba y el frío se metía en los huesos. Entonces, entre la bruma, un resplandor tímido, no era espejismo, sino la primera luz de un pueblo que sí existía, donde la pampa finalmente se rendía, y por fin, nos devolvería al mundo. Y nosotros, los viajeros de la ruta perdida, ¿qué hicimos al ver esa luz? frenamos, temiendo que también fuera un espejismo. Cuando llegamos a San Martín, después de esa noche en la 40, el pueblo olía a Pino y a leña recién encendida y aparece de golpe, como si alguien hubiera corrido una cortina. Aquí entendimos que la pampa no nos soltó, nos dejó tan vacíos que ahora cabe todo. El volcán Lanín nevado hasta su cintura y que orgulloso se muestra entero en la frontera de la Argentina con Chile, el viento gélido y ruidoso que baja del Chapelco, los arrayanes rojos, el chocolate caliente en alguna cabaña perdida.
Aquello que no vuelve San Martin de los Andes, emerge tímidamente desde el fondo de un valle rodeado de montañas, y se asoma de entre un verde espeso, apenas se ven sus techos, si lo miras desde lo alto, abajo fluye la vida- la vida en general -de sus hermosos jardines poblados de tantas flores, y entre ellas Rosas de múltiples colores y formas que lo visten de una belleza inigualable. Ya aparece el viento cordillerano que azota con fuerza a los árboles y ruge potente como amo y señor de estas tierras que el hombre le ha robado al silencio y le ha cambiado su paisaje. Hay tantas cosas que me sorprenden aún, aunque no hay nada tan sorprendente como la vida que nos hace reflexionar tanto, nos da, nos quita, nos sumerge en su más inexplicable enigma y, allí quedamos sin poder comprender nada y nos lleva a emociones tan fuertes, como caer rendida ante la frágil belleza de una flor o como ante la fuerza y magnetismo de una inmensa montaña vestida de verde y cuyos pies son lavados por un hermoso lago de una profundidad insondable llena de misterio San Martín de los Andes, esa joyita patagónica al pie del volcán Lanín y el lago Lacar, ha cambiado mucho en estas dos décadas. Hace 20 años era un pueblito encantador, más pequeño, con un aire de “aldea de Montaña”, tranquilo, donde el bosque y el agua mandaban, y el centro urbano se sentía más atractivo y acogedor, rodeados de vegetación y con construcciones bajas de madera y piedra que evocaban a los pioneros. Cuando las palabras viajaban tan libres como el viento que baja de los Andes, cuando San Martin de los Andes, me susurraba versos y cada amanecer me encontraba con el corazón lleno de esa inmensidad que lo rodea Una pequeña aldea que en 15 a 20 años se transformó en una ciudad moderna y vibrante forzó una dispersión: ya no es solo el centro alrededor de la plaza San Martín con su catedral de madera y el arrayán típico; se extendió. Ese pueblo chiquito y silencioso con olor a leña recién encendida, ha perdido la magia de ese lugar escondido, la sensación de que el tiempo iba más lento, esa sensación de pérdida. Este pueblo chiquito, silencioso, con olor a pino y calles de tierra en los barrios, el lago casi vacío de visitantes y la tardecita tranquila… eso ya no vuelve. Lo que queda es una ciudad bonita, sí, ordenada y con muchos servicios para los turistas, pero ya no tiene esa magia y encanto de un “lugar escondido”, cuando aún se sentía un secreto patagónico que me enamoró.…hoy me sorprende y duele.
